4

 

 

 

 

 

 

 

Continuamos con las reflexiones del obispo de Tenerife referentes a la música que se emplea dentro de los oficios litúrgicos. Ahora el obispo presenta algunas orientaciones a ser consideradas por los coros, organistas y cantores que prestan su servicio en el ministerio del canto y la música litúrgica. En el número anterior se vio la primera de las cualidades que debe poseer todo canto compuesto para la liturgia, continuamos con la segunda de ellas.

Perfección de formas: Es decir, arte auténtico, belleza, calidad estética que eleve el espíritu. Un gran especialista comenta que “es santa la música que se hace signo efectivo de los misterios que se celebran”. Y en cuanto a la perfección de las formas dice que “no es otra cosa que la capacidad, para la música, de cumplir perfectamente el modo, la función ritual y pastoral atribuidos por la liturgia. La función verdadera debe justificar la forma buena. De aquí debe nacer una estética propia de las formas musicales en el culto cristiano”. (J.Gelineau)
Quizá los mejores comentaristas de estas dos notas que perfilan el verdadero sentido de la música sacra sean los mismos últimos pontífices: Pablo VI y Juan Pablo II.
Permítaseme traer aquí una cita, un poco larga, pero magistral, de Pablo VI: “Música y canto -está hablando de la música sacra (entiéndase litúrgica)- están al servicio del culto y subordinados al mismo, y, por tanto, deben ser siempre decorosos y con cierta grandeza, aún en su sencillez; siempre lo menos indignos que sea posible de la infinita excelencia de Dios, al cual se dirigen, y del espíritu humano que intentan expresar. Deben ser capaces de poner el alma en devoto contacto con el Señor, suscitando y expresando sentimientos de alabanza, imploración, propiciación, acción de gracias, de alegría y también de dolor, de amor, de confianza, de paz. ¡Qué rica gama de la más íntima melodía y de la más variada armonía! Si ésta es la función esencial de la música sagrada, ¿cómo se podrían aceptar maneras expresivas verdaderamente pobres o banales, o condescendientes con un esteticismo que distrae, o compuestas con un tecnicismo prevalente y excesivo, que sería ciertamente reflejo de una de las peculiaridades de nuestra época -indudablemente llamada a llegar a Dios en todas sus manifestaciones-, pero que para entrar en el ámbito de lo sagrado tendría necesidad de la mediación de un arte genuino?
Si no posee a la vez el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza, la música -instrumental y vocal-ella misma se cierra la entrada en la esfera de lo sagrado y de lo religioso. La asunción y santificación de lo profano, que hoy quiere caracterizar la misión de la Iglesia en el mundo, evidentemente tiene límites, tanto más cuando se trata de conferir, erróneamente, a lo profano aquella sacralidad que es propia y exclusiva del culto litúrgico.

(Continuará)