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Continuamos con este texto sobre estas reflexiones que realiza Mons. Felipe Fernández García obispo de Tenerife sobre la situación actual de la música litúrgica que a mi criterio resulta muy interesante como punto reflexión sobre la función ministerial de la música litúrgica en nuestros días.
Grave es, y muy grave, introducir cambios en los textos oficiales de la liturgia de la Iglesia. Por ejemplo en los kyries, el Gloria, el Santo, el Padre nuestro… Grave es, porque, entre otras razones, no siempre es ortodoxo el cambio. Valga, como ejemplo, el famoso Señor ten Piedad de la Misa Campesina Nicaragüense donde se pide no el que nosotros nos abramos a Dios y nos identifiquemos con El, sino que Dios se identifique con nosotros y nuestros análisis y objetivos:
“Cristo, Cristo Jesús, identifícate con nosotros. Señor, Señor, mi Dios, identifícate con nosotros. Cristo, Cristo Jesús, solidarízate, no con la clase opresora que exprime y devora la comunidad, sino con el oprimido, con el pueblo sediento de paz”.
Preocupante es asistir a celebraciones -o presidirlas- donde la asamblea permanece prácticamente muda, mientras un pequeño coro de chicos canta y canta, como al margen, o canta una schola preciosamente pero sin dar cabida alguna a la participación del pueblo santo de Dios.
Añadamos una preocupación más: el empobrecimiento del acompañamiento instrumental del canto litúrgico. Olvidado, casi, salvo en honrosas ocasiones, el acompañamiento del órgano o del harmonio, tan expresivos y adecuados para el canto en la liturgia, nos vemos reducidos a oír una vez y otra vez la guitarra, que, si se tocase bien y con buen tino, todavía podría agradecerse, pero que, en muchos casos, sólo se utiliza en monótonos ritmos que terminan por herir más que ayudar al canto y la oración.
Y así podríamos seguir explicitando preocupaciones… Pero valgan las apuntadas -que no son todas, ciertamente-, para darnos cuenta de que, junto a tanto bueno generado por la renovación litúrgica conciliar, y sin poner en duda, en absoluto, la buena voluntad de tantos y tantos jóvenes y adultos que vuelcan sus esfuerzos en los coros parroquiales, buena voluntad que reconozco y alabo, no ha sido la música, probablemente, el campo donde más han abundado los frutos, sino donde, en muchos casos, aunque haya aspectos positivos, padecemos una nada desdeñable y no fácilmente superable degradación que está empobreciendo nuestras celebraciones litúrgicas y que, peor aún, las está, con más frecuencia de lo deseado, desvirtuando……

(Continuará)