(Octava parte)9

*Continuamos con las orientaciones del obispo de Tenerife a cerca de la música a ser utilizada dentro de las celebraciones litúrgicas, especialmente la sagrada Eucaristía.

 

 

Otras orientaciones.

Quizá, supuestas las dos orientaciones expuestas sobre qué es la música sacra y sus principales géneros, la mejor manera de ir apuntando ahora nuevas orientaciones sea el ir contraponiendo a las preocupaciones anteriormente señaladas los criterios aconsejables.
En esta perspectiva me parece oportuno indicar los siguientes puntos orientativos:

* Es preciso cuidar la calidad del texto y la calidad musical.
En el canto litúrgico la melodía y el texto conforman una unidad que no pueden separarse y que deben estar a una altura digna y equiparable.
Un mal texto estropea una bella melodía. Y una baja melodía rebaja notablemente el buen sabor de un bello texto.
En cuanto al texto conviene cuidar el contenido y la forma. El contenido ha de ser preferentemente bíblico o inspirado en la Sagrada Escritura; litúrgico o inspirado en los textos litúrgicos; de contenido, en todo caso, teológico y espiritual correcto. La forma ha de ser bella, sencilla pero no ramplona, ni chabacana, ni vulgar, sino digna y hasta poética.
La música, sin entrar ahora en otras reflexiones, ha de ser, igualmente sencilla, pero de calidad, servidora del texto y de la palabra, de tal manera que ayude a profundizar en el texto y en la palabra, y que evoque un mundo de misterio y transcendencia que nos facilite el encuentro con el Dios vivo y personal de Nuestro Señor Jesucristo.
No es tan fácil, como a veces se cree, lograr un texto y una música de calidad. Se necesita mucha inspiración y mucha hondura espiritual. Esa hondura espiritual que, por ejemplo, nos revela un Tomás Luis de Victoria cuando, ya en el primer libro que publicó, el de los motetes de 1572, escribe: «Espero que Dios me premiará abundantemente mis esfuerzos en escribir estos motetes, pues con ellos no pretendo más que la gloria del mismo Dios y el bien espiritual de los fieles».
* Ante la invasión cotidiana de cantos y más cantos, promovidos, en la mayoría de los casos, con meros fines lucrativos, se impone una selección de lo mejor, sea nuevo o antiguo. “Debemos buscar lo mejor y no lo nuevo”, dijo en cierta ocasión Pablo VI.
* Se hace preciso volver a dar mayor importancia a los cánticos fundamentales, es decir, al canto de aquellos textos más importantes en la organización de la liturgia y que tradicionalmente han venido cantándose, que a otros textos más periféricos y de menor transcendencia.
* Es absolutamente imprescindible el cuidar que cada canto se cante en su sitio, y no fuera de él, de tal manera que no entorpezca, sino que ayude a la celebración y al momento preciso en que se canta dentro de la celebración.
* Por eso mismo hay que evitar, como si fuera una plaga corrosiva de la liturgia, el “cantar durante la misa” y hay que aprender a “cantar la misa”.

 

(continuará)