teolocanto

Quiero compartir un artículo muy interesante presentado el 13 de septiembre del 2013 en el periódico Zenit del Vaticano obra del Dr. Robert Cheaib sobre la relación intrínseca que tiene la teología y la música sagrada.

«Cantare amantis est». Cantar es propio del amor. La observación de san Agustín encuentra un eco profundo en la teología trinitaria. Si el Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo, entonces entre el Padre y el Hijo hay un Canto, no de ángeles, sino una canción divina, personal, eterna, el Espíritu-Soplo de Amor que une y armoniza al Padre y al Hijo.

Este texto abre ante nuestros ojos un panorama inmenso sobre la importancia de la música en la experiencia creyente y teológica, y al mismo tiempo sobre el trágico abandono de esta armonía.

Una mirada a la Biblia nos recuerda la importancia de la música y del canto. No nos sorprende que, casi en el centro de la arquitectura canónica tenemos un libro dedicado al canto en su máxima expresión e inspiración. El ritmo, la rima y la música no son escasos ni siquiera en los libros narrativos, en los oráculos de los profetas, hasta el culmen místico inspirado e inspirador del llamado “musical” Cantar de los Cantares. Por ello el cardenal Gianfranco Ravasi señala que la Biblia comienza con el sonum que flotaban sobre las aguas y termina con el canto de la liturgia celeste.

El libro Teologia e musica. Dialoghi di trascendenza de Jordi-A. Piqué i Collado se esfuerza en hacer converger las vías de estos dos afluentes que rara vez se encuentran (¡por desgracia!). El mismo autor señala la ubicación de su trabajo sobre la relación entre la teología y la música, denunciando el hecho de que este estudio se sitúe “entre los capítulos más olvidados del saber teológico contemporáneo”.

La obra, por lo tanto, se propone contribuir a la recuperación de este campo relacional “para poder profundizar teológicamente el ámbito de la experiencia como elemento de conocimiento de la percepción del Misterio”. Hay, de hecho, diferencias y similitudes entre el hombre religioso y el artista que Hans Urs von Balthasar destaca así: ambos están motivados, inspirados, son depositarios de una disposición externa. Para el hombre religioso será el impulso intelectual-racional en el campo de la fe, para el artista la inspiración. Después de todo ambos, el arte y la religión se dirigen a la contemplación de la alteridad, del “Tu”. En una palabra, ambos buscan esbozar “la impresionabilidad de lo inexpresable”.

La intención de la obra es contribuir a re-comprender la música como elemento “casi” sacramental, capaz de percibir (aisthesis) el Misterio que Balthasar declinó una vez en clave musical así:

“Antes de que el Verbo de Dios se hiciese hombre, la orquesta era […] rasgueando sin un diseño específico […]. Luego, en la parte superior de todo resuena, como una promesa. […] Finalmente llegó el hijo, el heredero de todo, por el que fue hecha toda la orquesta. Mientras que bajo su dirección se ejecuta la sinfonía de Dios, se revela también el sentido de la pluralidad”.